viernes 5 de febrero de 2010

Los legales



Qué será?
Que te fuiste y te llevaste mis manos?








Ella era una hermosa mujer negra, brillante y ondulada. Estaba sentada a la mesa, junto con los otros dos: una jovencita muy blanca, opaca y sin curvas, pero muy dulce. Y un hombre, callado, secreto, blando, vestido de negro con un maletín de correa larga a su costado, apoyado en el parquet oscuro. Los tres estaban ensimismados en su trabajo, posiblemente algún asunto legal, de esos que tienen los abogados que se sientan a las mesas a devanarse los sesos para encontrarle la vuelta a la excepción del artículo tal, inciso cual, de la ley número X.


De repente la negra se enojó por algo y se puso gorda, como un pez hinchado. Se transformó en un globo de ira y maldiciones, se levantó y dejó a los otros dos.


La chica de blanca dulzura y lisa opacidad me miró con ojos inocentes y se marchó.


Me acosté y le pedí al hombre secreto -justo cuando estaba levantando la correa de su maletín para irse- con una señal de mi mano que se acercara y se reclinara sobre mí. Miré su boca y lo besé profundamente, como si no fuese a poder parar en ese beso, como si fuese a hacerle el amor. No recuerdo qué pasó.


Quedé sola. Fui hacia la heladera. La puerta estaba suelta, y salía un hilo de luz que se dibujaba como un triángulo amarillo en el parquet oscuro. Desprendí cuidadosamente la cinta de embalar que mal sujetaba a la puerta y pude ver muchos manjares de colores y olores embriagantes. Me decidí por una rosca cubierta con azúcar glasé.


Fui hacia la cama de la negra, por algún motivo había una cama para ella en ese lugar. En la cabecera vi el símbolo de su enojo: su ropa ordenada perfectamente sobre la almohada. Una blusa blanca con sus mangas estiradas, un chalequito negro de seda, pequeño, puesto en el medio de la blusa bien planchado -como cuando las mujeres preparan su ropita para ir a pasear- una enorme tableta de algún medicamento y como si fuese una decoración de una torta infantil, una píldora negra sobre la tableta blanca. Era como un tablero de ajedrez, o damas chinas, pero hecho con ropa y pastillas.


A la mañana siguiente la chica blanquita estaba sentada a la mesa, feliz, brillante y ondulada, me sonrió con sus ojos: el hombre secreto la había besado. Igual que a mí.