Lo extraño, Ando. Hace bastante que no lo veo por aquí. Y eso es raro, porque usted siempre está acá,. Estaré en el lugar correcto? Pero si este es su árbol. Qué pasa que no está, Andonaegui? Volveré a verlo alguna vez? Será que ya pasó lo que tenía que pasar? Eso que usted esperaba? Será que me pasó a mí lo que me tenía que pasar y que yo no esperaba? Es muy raro no verlo, siento un vacío, siento como si me hubieran cambiado el mundo. Siento pies de plomo, todo es lento, todo es ajeno.
Le dejo mi carta, lo que venia a contarle. Espero que la lea. Espero volver a verlo.
La ventana se abría sola, no era la Tía Marucha que estaba en el piso de abajo. Yo miraba la cortina enrollarse por sí misma. Ni bien se detuvo a un cierto nivel, ante mi estupor y sensación de poseer poderes sobrenaturales, entró una brisa divina y el libro sobre el aparador a mi derecha, ladró.
Corrí hacía la habitación de mi madre, que todavía dormía en su lecho. Bajé las escaleras y encontré a Raúl en la vereda. Le conté sobre el ladrido. El sabía de eso, él había escrito el libro.
No , no era ese ladrido el producto de mis superpoderes. Una viñeta especial, una tinta especial que activaba el sonido del ladrido al entrar en contacto con el aire.
Raúl me tranquilizó.
Ilustración: Abel Jorge Tagliaferro, arq°

