miércoles 10 de septiembre de 2008

La realidad del HQF


Me preguntaba el otro día, cómo haría para tener nuevas letras entre mis dedos y poder untarlas sobre el papel que ya se había puesto amarillo, casi rancio, sobre la mesa del rincón. Pasaban los días, las horas, los metros de angustia enredados en las patas de las sillas, y nada. Nada.

Absolutamente nada. Absoluto rincón de absolutas languideces, esas que realmente son lánguidas, y que no hacen nada, solo languidecen.

Y era la pura languidez de la nada, lo que trababa las manos. Tan trabadas estaban, que obviamente las letras no podían entrar en ellas. Como un alma trabada, en esa que no se puede meter ni un pelito de luz, de sentimiento, de ira, de llanto, de .... de cualquier cosa que se pueda meter en el alma. O sea, papeles rancios, cosas trabadas, patas enredadas.

Pensando en todo ello, decidí que era hora de mi flotación. El ciclo llegaba, y la vigencia terminaba. Era el ciclo de siempre. Al que estaba acostumbrado. Del que quería desaparecer, del que quería salir corriendo. O flotando. Ya ni la imagen de Adelita me retenía, y eso que hacía fuerza por lograr que su imagen fuera mi ancla, mi cable a tierra.

Trataba de caminar sobre el piso, de ponerme los zapatos de plomo, y poder permanecer así en la realidad. La realidad. La casa de todos. De la que yo era echado cada tanto, por no pagar el alquiler.

¿El alquiler? ¿La realidad se alquila? Sí. La realidad se alquila. No es gratis, señora. No es para todos, señor. Acá el que puede vive en la realidad, el que paga su cuota se queda. El que no la paga, se va. Y cuando puede pagar, si todavía hay lugar, regresa. Y se le mantiene la tarifa y su misma habitación. Quizás pueda hasta mantener su misma mujer, su misma familia.

Yo tuve la suerte de que cada vez que me atrasé en el pago, pude conseguir pagarlo, tarde, pero no tanto.

Esta vez, digo yo, debe ser por la inflación, no se... se me hace más difícil conseguir juntar para el alquiler de mi realidad. Y se que entonces ya no tengo palabras, miro alrededor y empiezo a ver las telarañas, las sombras, la sonrisa de mi mujer. Y ¡chau! señal de que ya venció la cuota. Ahí viene el dueño y me raja... los metros de angustia quedan en las patas de las sillas un rato más, pero ni bien me echan de mi pedazo de realidad, las echan a ellas también. ¿A dónde irán? ¡Quién lo sabrá!

Se que no duraré un día más en este terreno "real". Lo se de memoria, ya. Son cuarenta y tantos....o cincuenta y tantos? No se, da igual. Ya el camino lo se. También se el de regreso. No se asusten, que tarde o temprano aparezco de nuevo, y al rato vuelven los metros de languideces a enroscarse en las patas de las sillas del rincón donde el papel se pone rancio y la mesa llora mi regreso.


chan, chan!!


(me fui por las ramas, pero como estoy flotando, es lo normal, no?)