sábado 12 de julio de 2008

Nuestras espaldas


Sentí tu calor en mi pecho

y en mi vientre

me pediste ayuda, cobijo,

amparo en el momento triste.

Te adherí a mi piel

como si fueras a entrar otra vez

en mi ser.

Te quedaste quietecita,

puse mi mano sobre tu espalda

y al cabo de un rato,

tu respiración se aquietó

inhalaste por la nariz, tu boquita cerrada:

piquito de pichoncita

que dormía en el nido materno.

Quise darme vuelta, mi brazo ya estaba

entumecido

y un "mmmm nooo" me dijo que no estaba bien sacarlo

que lo necesitaba tu espalda tibia en mi pecho

y me quedé así, dura, protegiéndote de la soledad,

de esa vacía angustia

que en ese mismo momento se metía fría y punzante

por entre los jirones que cubrían mi propia espalda...