Sentí tu calor en mi pecho
y en mi vientre
me pediste ayuda, cobijo,
amparo en el momento triste.
Te adherí a mi piel
como si fueras a entrar otra vez
en mi ser.
Te quedaste quietecita,
puse mi mano sobre tu espalda
y al cabo de un rato,
tu respiración se aquietó
inhalaste por la nariz, tu boquita cerrada:
piquito de pichoncita
que dormía en el nido materno.
Quise darme vuelta, mi brazo ya estaba
entumecido
y un "mmmm nooo" me dijo que no estaba bien sacarlo
que lo necesitaba tu espalda tibia en mi pecho
y me quedé así, dura, protegiéndote de la soledad,
de esa vacía angustia
que en ese mismo momento se metía fría y punzante
por entre los jirones que cubrían mi propia espalda...

