Parecía ser una tarde de fantasías perdidas. Fumé mi último purito y guardé la cajita metalizada, "Cafe-Creme" decía la tapa celeste. Entré siguiendo el fuerte perfume a vainilla que salía de la habitación. Había un enorme e imponente cortinado rojo, con dibujos búlgaros, música de los setentas y mucha gente vestida con ropas muy coloridas y vistosas. Una mano salió anónima de entre los cuerpos y me invitó un gin and tonic. Lo bebí sin siquiera saber lo que era, mientras daba unas pitadas a mi cigarrito. Comencé a caminar por entre las gentes, observando los cuadros y esculturas de la sala, una de ellas me llamó la atención: era un hombre desnudo y con alas, como si fuese un ángel. Una de sus manos estaba con la palma para arriba como pidiendo algo. Me vinieron ganas de ponerle mi copa encima como si ambos estuviéramos bebiendo y pasándola bien. No sé por qué quise que fuera esa estatuilla mi compañero, si era tan frío, tan blanco, tan estático. Pero esa mano me llamaba la atención. Era como si me llamase, como si me necesitara, como si la extendiera allí para mí. Y ahí estaba yo, buscando esa fantasía perdida. No pude más que tomar esa mano y sujetarla un buen rato, mientras con la otra empujaba más gin and tonic en mi boca. El resto eran voces rojas, música con perfume a vainilla y humo con forma humana.
Salí de allí con una sensación de haberla pasado bien, de haber tenido mi fantasía en una tarde en la cual la magia, se había evaporado.



