sábado 1 de marzo de 2008

La mano



Parecía ser una tarde de fantasías perdidas. Fumé mi último purito y guardé la cajita metalizada, "Cafe-Creme" decía la tapa celeste. Entré siguiendo el fuerte perfume a vainilla que salía de la habitación. Había un enorme e imponente cortinado rojo, con dibujos búlgaros, música de los setentas y mucha gente vestida con ropas muy coloridas y vistosas. Una mano salió anónima de entre los cuerpos y me invitó un gin and tonic. Lo bebí sin siquiera saber lo que era, mientras daba unas pitadas a mi cigarrito. Comencé a caminar por entre las gentes, observando los cuadros y esculturas de la sala, una de ellas me llamó la atención: era un hombre desnudo y con alas, como si fuese un ángel. Una de sus manos estaba con la palma para arriba como pidiendo algo. Me vinieron ganas de ponerle mi copa encima como si ambos estuviéramos bebiendo y pasándola bien. No sé por qué quise que fuera esa estatuilla mi compañero, si era tan frío, tan blanco, tan estático. Pero esa mano me llamaba la atención. Era como si me llamase, como si me necesitara, como si la extendiera allí para mí. Y ahí estaba yo, buscando esa fantasía perdida. No pude más que tomar esa mano y sujetarla un buen rato, mientras con la otra empujaba más gin and tonic en mi boca. El resto eran voces rojas, música con perfume a vainilla y humo con forma humana.
Salí de allí con una sensación de haberla pasado bien, de haber tenido mi fantasía en una tarde en la cual la magia, se había evaporado.



Miradas 1,2

1.





El brazo blanquísimo, regordete, de Bruno, el mexicano, asomaba por su camisa blanca de mangas cortas. La mano apoyada en el escritorio, era el inicio del itinerario de mi vista, que recorría todo su tronco y declinaba en su rostro, por temor a que mis ojos delataran lo que sentía muy dentro de mí. La imagen de ese brazo era la delicia de mis pupilas...y de algo más. Ansiaba yo, extasiada hasta el agotamiento ya de tanto deseo, que su otro brazo me rozara, quizás el hombro, la espalda. Su voz y su acento mexicano, no se condecían con su aspecto físico, alto, níveo, gordito, pelo negro engominado...y joven...demasiado joven...










2.





El pelo rubio, para nada natural sino obra de unos miserables pesos invertidos en una botella de agua oxigenada de veinte volúmenes, enmarcaba una carita, que mutaba constantemente, entre la necesidad de conservar la inocencia infantil, las horas de sueño de un cuerpito de no más de un metro de altura, con huesitos todavía en proceso de formación y la necesidad de llenar una pancita que se adivinaba plana, vacía y casi moribunda, detrás de una remera celeste, gastada...

"Lapiceras, señora?"

"No, gracias"