Buenas noches, ¿señor Gonzalo?
Sí, buenas noches.
Mi nombre es Adela, amiga de Asdrúbal…me quedé muy sorprendida al saber que partió a París…mmm… ¿usted sabe algo?
Ah, sí, sí, Adela. Justamente Asdrúbal ha dejado algunas cartas, una para usted y otra para su marido. Acompáñeme a la garita, señora.
¿Tiene alguna noticia de él? ¿Cómo está en Francia? ¿Llegó bien?
No, desde que viajó no he sabido nada de él, debe estar estableciéndose, ¿vio?...una ciudad desconocida, un país diferente, un continente tan lejano! Al fin se le cumple el gran sueño de su vida!!
Ah…era ese su sueño…sí, bueno… gracias por las cartas, Gonzalo. Adiós.
Buena suerte, Adela, que siga bien.
……..
¿Dos cartas? ¿Qué tendrá para decirle a Arístides? ¿Le contará de lo nuestro? Ay Dios! Ellos son tan amigos!
Sí, buenas noches.
Mi nombre es Adela, amiga de Asdrúbal…me quedé muy sorprendida al saber que partió a París…mmm… ¿usted sabe algo?
Ah, sí, sí, Adela. Justamente Asdrúbal ha dejado algunas cartas, una para usted y otra para su marido. Acompáñeme a la garita, señora.
¿Tiene alguna noticia de él? ¿Cómo está en Francia? ¿Llegó bien?
No, desde que viajó no he sabido nada de él, debe estar estableciéndose, ¿vio?...una ciudad desconocida, un país diferente, un continente tan lejano! Al fin se le cumple el gran sueño de su vida!!
Ah…era ese su sueño…sí, bueno… gracias por las cartas, Gonzalo. Adiós.
Buena suerte, Adela, que siga bien.
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¿Dos cartas? ¿Qué tendrá para decirle a Arístides? ¿Le contará de lo nuestro? Ay Dios! Ellos son tan amigos!
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En algún rincón, durante el desvanecimiento del tiempo que no es
Mi querido HQF, como a mí me gusta llamarte, estoy escribiendo esta carta con las pocas fuerzas que me quedan, para hacerte depositario de mi verdad, serás vos el único sabedor de mi desdicha y terrible soledad. Ni siquiera a mí mismo me conté la verdad, en este momento, para mí, Asdrúbal Trovatore, está en París, contratado por una editorial francesa, gozando del merecido y anhelado reconocimiento como poeta. Sin embargo, este cuerpo, sentado acá y esta mano que garabatea esta nota sin energía casi para sostener la lapicera, están en algún ángulo de Buenos Aires, en una pocilga oscura de un alma rota en mil partes, partes de algo que nunca ha podido ser un todo y sin siquiera la posibilidad de flotar, como hacés vos, mi entrañable Arístides Russo.
He llegado al punto en el cual el pie de la tristeza que se extiende ya, presurosa, en el tiempo del no tiempo ha dado su primer paso. El otro pie, el que debiera pisar al de la tristeza, ha sido cortado de raíz y arrojado a los infiernos purulentos donde nacer solo tiene como objetivo morir, sin un milímetro de NADA entre una cosa y otra.
En un momento previo, un instante de nitidez, de esos que no abundaron nunca en mí, sentí que podía frenar la inercia de ese primer pie, de ese paso tan temido ( y a la vez tan conocido por mí), ese instante fue el instante en el que conocí a Adelita, tu mujer. Y me enamoré. Y la acaricié con las más suaves letras jamás escritas por mis manos.
Mas ese paso se daría de todos modos. Igualmente, tengo que admitir que fui una persona afortunada, aunque no lo creas: entre el nacer y el morir, amé. Hubo algo en el medio. Pero no podía ser. No era mío.
Luego cayó el frío silencio, que despojó mi vida de equívocos. Muchos se equivocaron. Todos, menos yo.
Adiós amigo.
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